Compañía La Zíngara Prepara Fausto en Montaje Moderno
Visitamos un ensayo de la obra acompañados de Bruno Espejo, el joven actor que interpreta al personaje titular.
Visitamos un ensayo de la obra acompañados de Bruno Espejo, el joven actor que interpreta al personaje titular.
Bruno Espejo quiere ser actor.
Está sentado al borde del pequeño
escenario, balanceando sus piernas de lado a lado. Está leyendo el texto en voz
baja, recitando a susurros las líneas de su personaje. A veces cierra los ojos
y dice las palabras muy rápido, se equivoca, repite una misma línea (“el hombre
es voluble y las horas son también variables”) o fragmento (“da muerte al
deseo”) dos, tres, hasta cinco veces. Luego abre los ojos y sigue leyendo,
tranquilo. A unos metros de él está Luciana Vicente Palomino, la directora.
Está sentada en el suelo, con la espalda recostada contra su mochila. Tiene
puestos unos audífonos enormes, pesados. Suena un disco de Miles Davis. Parece
que está durmiendo.
Unas horas más tarde el resto del
elenco ha llegado. Tres de ellos están sentados en sillas plegables de metal,
descansando o repasando el texto. Están al frente del escenario pero no le
prestan atención a la escena que transcurre en él: Bruno Espejo está ensayando un
pasaje de la obra junto con Bruno Ocampo. Luciana camina en círculos alrededor
de ellos, dándoles indicaciones. Se mueve lentamente, arrastrando los pies.
Está cansada, murmura de vez en cuando. No ha dormido bien.
Falta un mes y medio para el estreno
de la obra, una interpretación libre del Fausto
de Goethe. “Ya estamos entrando al final del proceso,” me explica Luciana.
“Es difícil porque se vuelve una cuestión de confianza. Ya todas las decisiones
están más o menos hechas, los actores se vuelven más introspectivos en lo que
concierne su papel. Se meten más. Todos saben lo que deberían estar haciendo.
Como directora solo puedo confiar en que todos van a hacerlo lo mejor que
puedan.”
En el escenario, Bruno Ocampo ha
cogido a Bruno Espejo por el cuello. No le está haciendo doler. “Agárrame más
fuerte,” le dice Espejo. Él interpreta a Fausto. Ocampo flexiona sus músculos
del brazo, aprieta el cuello de Espejo con fuerza. Él interpreta al Diablo. “Pero
aprieta nomás,” lo alienta Espejo. Ocampo aplica más presión. El rostro de
Espejo se empieza a poner rojo. Mueve la cabeza lo poco que puede: sigue sigue,
parece decir. Esto continúa por unos segundos. Cuando por fin lo sueltan, Bruno
Espejo se limpia el lagrimeo de los ojos y tose con fuerza. Ambos Brunos miran
a Luciana. Espejo pregunta, voz ronca: “Más o menos va por ahí la escena,
¿verdad?”
Lo siguiente que ensayan es un
número musical. “Es una locura de montaje,” me cuenta Bruno Ocampo. Está
descansando, tomando a sorbos un gran termo lleno de café frío. “Estamos
tratando de hacer moderno o fresco un texto que tiene más de cien años. Luciana
siempre dice que nuestro Fausto es un
Fausto adolescente. Por ejemplo, el
Fausto joven de Bruno tiene mucho de James Dean. Su forma de caminar, es una
criatura bien carnal. Mi Mefistófeles es más un chibolo resentido con su viejo
[Dios] que un villano.” En el escenario, Bruno Espejo está rodeado de mujeres
vestidas en ligeras telas negras y marrones, todas maquilladas en exceso—
rostros blancos, ojos rodeados de negro y púrpura, labios como carbón. Se
mueven en círculos alrededor de él, bailando rítmicamente. Son una especie de
coro griego, me explican después.
“Es
encontrar nuevas formas de interpretar la obra. Solamente es eso. Tener algo
nuevo que también respete lo antiguo,” concluye Bruno Ocampo. Antes de que
pueda continuar, alguien tropieza en el escenario. Es un error casi
imperceptible de parte de una de las bailarinas, que intenta seguir bailando
como si nada. Luciana interrumpe la coreografía, sin embargo. Las bailarinas no
dicen nada, solo la escuchan: la directora les dice que el número musical está
flojo, que no está calzando como debería, que no es posible tener estos errores
a un mes y medio del estreno. Las bailarinas asienten.
“Esta
etapa final es también siempre la más tensa,” me cuenta Luciana. “Un amigo dice
que en el último mes de ensayo las mujeres siempre engordan por el estrés. Las
mujeres engordan y los chicos se consumen.” Bruno Espejo es un tipo bien flaco.
Ya está oscureciendo. El invierno
limeño tiene sus ventajas: una fresca corriente de aire enfría a los actores
que salen ardientes y sudorosos del auditorio de la Sala Robles Godoy del
Ministerio de Cultura. Todos están serios. Caminan con los puños cerrados. Yo
camino junto a Bruno Espejo que, luego de unos minutos de silencio, se voltea
hacia mí sonriendo y me dice: “Qué bonita es esta chamba, ¿verdad? Tienes que
estar loco para querer hacer otra cosa”. Luego suelta una risotada.
Bruno Espejo quiere ser actor. Desde
aquí parece que ya lo es.
[Foto: Cortesía de Compañía La Zíngara]

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