martes, 16 de julio de 2013

EL MEJOR TRABAJO DEL MUNDO

Compañía La Zíngara Prepara Fausto en Montaje Moderno

Visitamos un ensayo de la obra acompañados de Bruno Espejo, el joven actor que interpreta al personaje titular.






Bruno Espejo quiere ser actor.
            Está sentado al borde del pequeño escenario, balanceando sus piernas de lado a lado. Está leyendo el texto en voz baja, recitando a susurros las líneas de su personaje. A veces cierra los ojos y dice las palabras muy rápido, se equivoca, repite una misma línea (“el hombre es voluble y las horas son también variables”) o fragmento (“da muerte al deseo”) dos, tres, hasta cinco veces. Luego abre los ojos y sigue leyendo, tranquilo. A unos metros de él está Luciana Vicente Palomino, la directora. Está sentada en el suelo, con la espalda recostada contra su mochila. Tiene puestos unos audífonos enormes, pesados. Suena un disco de Miles Davis. Parece que está durmiendo.
            Unas horas más tarde el resto del elenco ha llegado. Tres de ellos están sentados en sillas plegables de metal, descansando o repasando el texto. Están al frente del escenario pero no le prestan atención a la escena que transcurre en él: Bruno Espejo está ensayando un pasaje de la obra junto con Bruno Ocampo. Luciana camina en círculos alrededor de ellos, dándoles indicaciones. Se mueve lentamente, arrastrando los pies. Está cansada, murmura de vez en cuando. No ha dormido bien.
            Falta un mes y medio para el estreno de la obra, una interpretación libre del Fausto de Goethe. “Ya estamos entrando al final del proceso,” me explica Luciana. “Es difícil porque se vuelve una cuestión de confianza. Ya todas las decisiones están más o menos hechas, los actores se vuelven más introspectivos en lo que concierne su papel. Se meten más. Todos saben lo que deberían estar haciendo. Como directora solo puedo confiar en que todos van a hacerlo lo mejor que puedan.”
            En el escenario, Bruno Ocampo ha cogido a Bruno Espejo por el cuello. No le está haciendo doler. “Agárrame más fuerte,” le dice Espejo. Él interpreta a Fausto. Ocampo flexiona sus músculos del brazo, aprieta el cuello de Espejo con fuerza. Él interpreta al Diablo. “Pero aprieta nomás,” lo alienta Espejo. Ocampo aplica más presión. El rostro de Espejo se empieza a poner rojo. Mueve la cabeza lo poco que puede: sigue sigue, parece decir. Esto continúa por unos segundos. Cuando por fin lo sueltan, Bruno Espejo se limpia el lagrimeo de los ojos y tose con fuerza. Ambos Brunos miran a Luciana. Espejo pregunta, voz ronca: “Más o menos va por ahí la escena, ¿verdad?”
            Lo siguiente que ensayan es un número musical. “Es una locura de montaje,” me cuenta Bruno Ocampo. Está descansando, tomando a sorbos un gran termo lleno de café frío. “Estamos tratando de hacer moderno o fresco un texto que tiene más de cien años. Luciana siempre dice que nuestro Fausto es un Fausto adolescente. Por ejemplo, el Fausto joven de Bruno tiene mucho de James Dean. Su forma de caminar, es una criatura bien carnal. Mi Mefistófeles es más un chibolo resentido con su viejo [Dios] que un villano.” En el escenario, Bruno Espejo está rodeado de mujeres vestidas en ligeras telas negras y marrones, todas maquilladas en exceso— rostros blancos, ojos rodeados de negro y púrpura, labios como carbón. Se mueven en círculos alrededor de él, bailando rítmicamente. Son una especie de coro griego, me explican después.
“Es encontrar nuevas formas de interpretar la obra. Solamente es eso. Tener algo nuevo que también respete lo antiguo,” concluye Bruno Ocampo. Antes de que pueda continuar, alguien tropieza en el escenario. Es un error casi imperceptible de parte de una de las bailarinas, que intenta seguir bailando como si nada. Luciana interrumpe la coreografía, sin embargo. Las bailarinas no dicen nada, solo la escuchan: la directora les dice que el número musical está flojo, que no está calzando como debería, que no es posible tener estos errores a un mes y medio del estreno. Las bailarinas asienten.
“Esta etapa final es también siempre la más tensa,” me cuenta Luciana. “Un amigo dice que en el último mes de ensayo las mujeres siempre engordan por el estrés. Las mujeres engordan y los chicos se consumen.” Bruno Espejo es un tipo bien flaco.
            Ya está oscureciendo. El invierno limeño tiene sus ventajas: una fresca corriente de aire enfría a los actores que salen ardientes y sudorosos del auditorio de la Sala Robles Godoy del Ministerio de Cultura. Todos están serios. Caminan con los puños cerrados. Yo camino junto a Bruno Espejo que, luego de unos minutos de silencio, se voltea hacia mí sonriendo y me dice: “Qué bonita es esta chamba, ¿verdad? Tienes que estar loco para querer hacer otra cosa”. Luego suelta una risotada.
            Bruno Espejo quiere ser actor. Desde aquí parece que ya lo es. 

[Foto: Cortesía de Compañía La Zíngara]

No hay comentarios:

Publicar un comentario