miércoles, 17 de julio de 2013

EL MEJOR TRABAJO DEL MUNDO III

El Universo No Lo Quiso Así…
En nuestra columna de opinión, Jorge Ossio Seminario nos ofrece una pequeña diatriba acerca de lo que significa ser artista en este mundo cruel.



Si es que todo el mundo cumpliera sus sueños el planeta tendría un exceso de bomberos y policías. Habría demasiados doctores. La mitad de nuestros parientes serían cantantes de rock o estrellas de cine. Habrían menos suicidios, probablemente. Tal vez.
            El universo no lo quiso así. La gran mayoría de personas que conozco dejaron atrás sus sueños apenas aprendieron qué era el dinero. Recuerdo que estaba en segundo o primero de secundaria cuando me di cuenta que mis amigos ya no contestaban lo mismo cuando alguien les preguntaba qué iban a ser de grandes. Alonso quería ser biólogo marino pero se inclinó por la arquitectura. Alejandro quería estudiar literatura pero la psicología terminó jalándole el ojo. Yo quiero ser cineasta. Bruno Espejo quiere ser actor.
            Espero que no esté dando la impresión de que odio el dinero o que resiento a todas aquellas personas que cambiaron sus pinceles por gruesas separatas de derecho institucional. Todo lo contrario: ¡los admiro! Dejar de lado tus sueños es simplemente una cuestión de lógica. Se trata de ser lo suficientemente maduro para enfrentarse a la cruda realidad del mundo y aceptar que las posibilidades de lograr lo que te propusiste una solitaria noche de verano cuando tenías nueve años son básicamente nulas. Llegar a ese punto de conciencia toma valor. Es doloroso. Como dije, es admirable.
            Rehusarte a dejar atrás tus sueños es también admirable pero el doble de tonto. Es además un camino mucho más interesante: me gusta escribir acerca de actores/directores/novelistas/poetas porque me parecen héroes casi mitológicos. Me recuerdan a Hércules luchando contra la hidra— cortan las cabezas de sus problemas solo para que surjan más y más y más. Tienen la esperanza de algún día encontrar estabilidad pero muy pocos tienen idea de cómo llegar a ella. El día a día de cualquier actor, por ejemplo, podría ser un cuento de Julio Ramón Ribeyro.
            Bruno Espejo es un actor joven pero sus ojos están cada vez más viejos. En él veo las etapas por las que pasa cualquier artista que recién comienza. Primero te enfrentas con la realidad de tu trabajo— descubres que has idealizado la carrera que tanto querías seguir. Luego chocas contra la realidad de tu billetera— la carrera tiene que generar un ingreso estable. Después te zambulles en la realidad de tu país— este lugar en donde vives no tiene industria con la cual mantenerte activo. 
            De todas formas decides seguir. De todas formas decides enfrentarte al monstruo de mil cabezas.
            Admiro a estas personas porque su vida entera es una gran apuesta. Admiro a estas personas porque están dispuestos a matarse por algo tan ridículo e inservible como el arte. Admiro a estas personas porque me dan fuerzas para seguir mis propios sueños. Admiro a estas personas porque estoy seguro que a veces deben olvidarse de todos sus problemas y sentirse como niños de nuevo, por fin haciendo lo que en realidad les gusta y siendo felices. Admiro a estas personas porque sin ellas el mundo sería más aburrido de lo que ya es.
            Recemos por los artistas, entonces. Se lo merecen. 

EL MEJOR TRABAJO DEL MUNDO II

Bruno Espejo: Una Noche en La Comarca

El actor nos cuenta acerca de su carrera, las desventajas de trabajar en televisión y de cómo Fausto es un jaguar.


Los vecinos le llaman La Comarca. El parque está rodeado de pequeños edificios que juntos parecen formar una muralla enorme, una pesada barrera de concreto protegiéndonos del resto de la ciudad. Hay exactamente cinco bancas en todo el parque. Bruno Espejo me asegura que la banca en la que estamos sentados es mágica. Le pregunto porqué. “Ya vas a ver”, me dice.
            Hemos estado aquí desde las diez. Ya es casi media noche. Digamos que estamos fumando un cigarro: un cigarro mal armado que amenaza con desmoronarse después de cada pitada, un cigarro que nos hace toser después de inhalar y escupir saliva gruesa y transparente cada cierto tiempo. Bruno Espejo me habla. Tiene los ojos rojos.
            “De hecho me han llamado para algunas cosas pero no me interesa, no me gusta. Tampoco es que odie los comerciales pero…” Bruno se queda mirando a la nada por unos segundos. Está tratando de ordenar sus pensamientos. “No sé. Vivo con mis viejos. No tengo que pagar la comida… ni luz ni el internet ni nada. ¿Me entiendes? Si no necesito trabajar en publicidad entonces ¿para qué lo voy a hacer si no me gusta?”



            Conocí a los padres de Bruno Espejo unas horas antes de venir a La Comarca con él. Ambos trabajan. La madre (quien insiste en que la llame Mari o Maricarmen en vez de tía o señora) me habla acerca de su familia. Me dice que su padrino fue amigo de Blanca Varela y Fernando de Szyszlo: “Tenía toda esta onda media bohemia, pues. Se pasaba el tiempo hablándonos de libros y películas. Me llevaba a exposiciones de arte. Yo le tenía mucho cariño”. Mientras que habla coge una pequeña foto de la media docena de retratos aglomerados en el pequeño mostrador de la sala. En ella aparece una mujer joven acompañada de un señor de largo pelo blanco, una sonrisa que deja ver dientes enormes y amarillos. Tienen vasos de trago en la mano. “Ahí estamos los dos. ¿Me reconociste…? Bruno es Bruno por él, por el tío Bruno.”
            Hace frío en La Comarca. Bruno Espejo me pregunta si es que quiero que saque una casaca de su departamento. Le digo que mejor no, que quiero seguir conversando. Me está hablando del tío Bruno. “Es el original”, me cuenta sonriendo. “Mi mamá dice que me pusieron su nombre porque querían que sea un intelectual. No sé qué tipo de intelectual. Un intelectual nomás, así dice mi mamá. Yo nunca lo conocí. Creo que escribía poesía entonces fácil habré heredado eso de él.”
            Unos minutos más tarde le pido que me lea uno de sus poemas. Sé que siempre lleva el poemario con el que compitió en los Juegos Florales de su ex universidad (la ex Pontificia Universidad Católica del Perú) dentro de su mochila. Primero me dice que le da vergüenza pero no me toma mucho tiempo convencerlo. Creo que secretamente le encanta que esté interesado en lo que escribe. ¿Porqué más llevaría ese poemario a todas partes?
            El poema es acerca de una chica. Una chica que no le hace caso. Una chica de la que se ha enamorado. Una chica que no sabe que existe.
            “Es que no es justo tampoco”, me había dicho cuando recién comenzaba la noche (el cigarro aún no había sido prendido). “Tengo una desventaja. No es que me muera de ganas de hacer tele pero— O sea, ¿a quienes llaman? A los galancitos, pues… Yo los he visto. Todos son altos, chapados. Tienen ojos verdes.” Bruno Espejo tiene los ojos negros. Me explica que, tanto como en la actuación como en el amor, existe algo que se llama la Ley de Selección Natural de Darwin: el espécimen más débil siempre va a perder. Él se considera un espécimen débil: “No cumplo con lo que la sociedad les ha inculcado desde chibolos, que es un patrón de belleza bien pendejo. Bien pendejo.”
            Pero tienes talento, le digo. Estás de protagonista en Fausto. Tienes talento.
           “Gracias. Pero el talento no te da mujeres. Ni trabajo en la televisión.” Le pregunto si es que le gusta la televisión nacional, si es que en realidad quiere salir en programas como Al Fondo Hay Sitio. “No. Y las veces que he chambeado ahí no ha sido tan bueno. Es mucho más mercenario. Mucho menos personal. En la serie en la que estaba [Mi Amor el Wachimán] era todo al toque, todo el mundo se quería ir rápido. Como la publicidad, pues… Pero en la tele te haces conocido, te llaman para más cosas. Y da reconocimiento, también, ¿no? Aunque de otro tipo. O sea, mi viejo ve esos programas.”
            Su padre es un hombre alto, vestido en terno. Tiene un grueso bigote negro (Bruno Espejo es completamente lampiño). Acaba de llegar de trabajar cuando lo entrevisto. Bruno estudiaba sociología en la Católica: “No me gustaba porque la gente de ahí son medios radicalones. No sé si todos pero sí varios. Según lo que Bruno me cuenta”, me dice. Su voz es bastante grave. “Creo que por eso también dejó la universidad. Yo quería que se cambie de carrera nomás, le dije que se metiera a otra facultad. Para terminar nomás, ¿no? Pero no quiso. Y si no quiere, ¿qué voy a hacer yo? Ya depende de él, de su talento.”
            Bruno Espejo se ha levantado de la banca. Hemos estado hablando de Nicolas Cage. Le cuento que en una de sus películas (Enemigo Interno de Werner Herzog) Cage basó la forma de caminar de su personaje en los movimientos de un reptil, de un lagarto. Le pregunto si es que alguna vez ha hecho algo así. Se entusiasma: “Fausto joven es un jaguar. Cuando lo interpreto viejo es algo más…” Bruno piensa por un segundo. Luego se encorva, arrastra los pies. “Más derrotado, ¿me entiendes? Pero cuando se vuelve joven es… O sea, es un jaguar. Así lo trabajamos.”
            Le pido que me enseñe cómo lo trabajaron.
            “Ya. Primero tienes que pensar en el animal, ver cómo camina, cómo se maneja el animal. Entonces fácil Luciana [la directora] nos ponía así, a caminar como un jaguar”, me explica e inmediatamente se agacha y empieza a caminar en cuatro patas por la sucia vereda del parque. Lo observo fascinado. “¿Y cómo es el jaguar? Camina erguido, pesado. Tienen autoridad sus movimientos, ¿no es cierto?” El rostro de Bruno mira de frente. Su trasero está levantado hacia el cielo. Sus brazos están levemente flexionados. Las palmas de sus manos están planchadas en el húmedo cemento de La Comarca. Se desplaza con elegancia un metro hacia delante. Luego se voltea. “Esa esencia del animal la tienes que transmitir al personaje. Entonces con Fausto puede que sea algo así, ¿no? Algo como que…” Bruno se impulsa hacia arriba con sus manos. Simplemente camina— cada paso que da resuena a través del parque, su espalda está completamente erguida, se siente un peso en sus hombros.  “Algo así, ¿no?”
            Le aplaudo. Se lo merece.




            Son la una de la mañana. Bruno Espejo saca su celular. Me hace acordar que la banca en la que estamos sentada es mágica. De nuevo le pregunto porqué. “Porque tiene internet gratis”, me dice. Quiere enseñarme un video. Es el tráiler de la película El Espejo de Tarkovsky. Lo vemos sin decir nada durante varios minutos. Todavía sentimos el efecto del cigarro. Bruno se queja de que en el Perú nadie hace cine así. Me dice que le gustaría solamente trabajar haciendo las películas que le gustan, las obras de teatro que le parecen interesantes. Habla bajito, como si estuviera muy cansado: “Pero es imposible, pues. Tengo mi floro de que no hago publicidad pero al final es lo mismo con las series o cualquier obra monse que me he metido. Igual son cosas que hago por necesidad, igual me vendo. Así es con toda la gente que quiere ser artista o lo que fuera. Sueñas que va a ser una cosa pero termina siendo otra. Pero qué bonito es soñar, pues.”
            Ya son las tres de la mañana. No nos damos cuenta de la hora. Y así nos quedamos— viendo videos por internet y hablando de lo que soñamos hacer con nuestras vidas. 

[Fotos: La Comarca, cortesía de Bruno Espejo. Segunda, cortesía de Compañía La Zíngara]

martes, 16 de julio de 2013

EL MEJOR TRABAJO DEL MUNDO

Compañía La Zíngara Prepara Fausto en Montaje Moderno

Visitamos un ensayo de la obra acompañados de Bruno Espejo, el joven actor que interpreta al personaje titular.






Bruno Espejo quiere ser actor.
            Está sentado al borde del pequeño escenario, balanceando sus piernas de lado a lado. Está leyendo el texto en voz baja, recitando a susurros las líneas de su personaje. A veces cierra los ojos y dice las palabras muy rápido, se equivoca, repite una misma línea (“el hombre es voluble y las horas son también variables”) o fragmento (“da muerte al deseo”) dos, tres, hasta cinco veces. Luego abre los ojos y sigue leyendo, tranquilo. A unos metros de él está Luciana Vicente Palomino, la directora. Está sentada en el suelo, con la espalda recostada contra su mochila. Tiene puestos unos audífonos enormes, pesados. Suena un disco de Miles Davis. Parece que está durmiendo.
            Unas horas más tarde el resto del elenco ha llegado. Tres de ellos están sentados en sillas plegables de metal, descansando o repasando el texto. Están al frente del escenario pero no le prestan atención a la escena que transcurre en él: Bruno Espejo está ensayando un pasaje de la obra junto con Bruno Ocampo. Luciana camina en círculos alrededor de ellos, dándoles indicaciones. Se mueve lentamente, arrastrando los pies. Está cansada, murmura de vez en cuando. No ha dormido bien.
            Falta un mes y medio para el estreno de la obra, una interpretación libre del Fausto de Goethe. “Ya estamos entrando al final del proceso,” me explica Luciana. “Es difícil porque se vuelve una cuestión de confianza. Ya todas las decisiones están más o menos hechas, los actores se vuelven más introspectivos en lo que concierne su papel. Se meten más. Todos saben lo que deberían estar haciendo. Como directora solo puedo confiar en que todos van a hacerlo lo mejor que puedan.”
            En el escenario, Bruno Ocampo ha cogido a Bruno Espejo por el cuello. No le está haciendo doler. “Agárrame más fuerte,” le dice Espejo. Él interpreta a Fausto. Ocampo flexiona sus músculos del brazo, aprieta el cuello de Espejo con fuerza. Él interpreta al Diablo. “Pero aprieta nomás,” lo alienta Espejo. Ocampo aplica más presión. El rostro de Espejo se empieza a poner rojo. Mueve la cabeza lo poco que puede: sigue sigue, parece decir. Esto continúa por unos segundos. Cuando por fin lo sueltan, Bruno Espejo se limpia el lagrimeo de los ojos y tose con fuerza. Ambos Brunos miran a Luciana. Espejo pregunta, voz ronca: “Más o menos va por ahí la escena, ¿verdad?”
            Lo siguiente que ensayan es un número musical. “Es una locura de montaje,” me cuenta Bruno Ocampo. Está descansando, tomando a sorbos un gran termo lleno de café frío. “Estamos tratando de hacer moderno o fresco un texto que tiene más de cien años. Luciana siempre dice que nuestro Fausto es un Fausto adolescente. Por ejemplo, el Fausto joven de Bruno tiene mucho de James Dean. Su forma de caminar, es una criatura bien carnal. Mi Mefistófeles es más un chibolo resentido con su viejo [Dios] que un villano.” En el escenario, Bruno Espejo está rodeado de mujeres vestidas en ligeras telas negras y marrones, todas maquilladas en exceso— rostros blancos, ojos rodeados de negro y púrpura, labios como carbón. Se mueven en círculos alrededor de él, bailando rítmicamente. Son una especie de coro griego, me explican después.
“Es encontrar nuevas formas de interpretar la obra. Solamente es eso. Tener algo nuevo que también respete lo antiguo,” concluye Bruno Ocampo. Antes de que pueda continuar, alguien tropieza en el escenario. Es un error casi imperceptible de parte de una de las bailarinas, que intenta seguir bailando como si nada. Luciana interrumpe la coreografía, sin embargo. Las bailarinas no dicen nada, solo la escuchan: la directora les dice que el número musical está flojo, que no está calzando como debería, que no es posible tener estos errores a un mes y medio del estreno. Las bailarinas asienten.
“Esta etapa final es también siempre la más tensa,” me cuenta Luciana. “Un amigo dice que en el último mes de ensayo las mujeres siempre engordan por el estrés. Las mujeres engordan y los chicos se consumen.” Bruno Espejo es un tipo bien flaco.
            Ya está oscureciendo. El invierno limeño tiene sus ventajas: una fresca corriente de aire enfría a los actores que salen ardientes y sudorosos del auditorio de la Sala Robles Godoy del Ministerio de Cultura. Todos están serios. Caminan con los puños cerrados. Yo camino junto a Bruno Espejo que, luego de unos minutos de silencio, se voltea hacia mí sonriendo y me dice: “Qué bonita es esta chamba, ¿verdad? Tienes que estar loco para querer hacer otra cosa”. Luego suelta una risotada.
            Bruno Espejo quiere ser actor. Desde aquí parece que ya lo es. 

[Foto: Cortesía de Compañía La Zíngara]

martes, 9 de julio de 2013

ENTREVISTA

Jimena Hospina: “Somos jóvenes y tenemos muchas ganas de mostrar nuestro trabajo”.

Exitosa profesional de 24 años nos cuenta acerca de la atareada vida de las productoras audiovisuales.


“Es un rodaje tranqui”, me dice Jimena Hospina por el teléfono. Se filtran junto con su voz ruidos de personas discutiendo, moviendo equipos, haciendo alboroto. “Si vienes podemos conversar aquí mismo”, me asegura.
            Hemos estado tratando de coordinar una entrevista desde hace más de una semana pero ella ha estado ocupadísima: según lo que entiendo su vida estos meses ha estado conformada por breves horas de dulce sueño ensanguchadas entre interminables reuniones de trabajo, viajes en micro por todo Lima, rodajes de doce horas. Su voz en el teléfono me hace imaginar un rostro ojeroso, consumido, pálido.
Antes de colgar me hace prometerle algo: “Que por favor sea rapidita la entrevista, ¿ya? No tengo tanto tiempo”.
Unos minutos después me estoy preparando para salir.
Jimena Hospina es solo dos años mayor que yo pero ha hecho muchas más cosas con su vida. Comenzó a trabajar en Carapulkra Films S.A.C. como productora hace unos meses y recientemente su trabajo rindió frutos: “Mantra” (Pamela Rodríguez) y “Puedo Estar Sin Ti” (Alejandro & Maria Laura), dos videoclips que produjo, han generado más de sesenta mil vistas en YouTube. Ambos son memorables— el de Pamela Rodríguez con sus monjas y travestis bailando como sonámbulos; el de Alejandro & Maria Laura interpretado enteramente por títeres. Tiene lógica, pues: Jimena Hospina siempre está ocupada porque es buena en lo que hace.
            Salgo a tomar taxi y me llega un mensaje de texto. Es ella: “coordinemos mejor para otro día”, me escribe. “El rodaje se nos complicó”.

***




La entrevista sucede una semana después en la oficina de Carapulkra Films. Jimena Hospina me recibe sonriendo: su rostro no muestra el cansancio que percibo en su voz— es un rostro cálido, acogedor. Me pide disculpas por cancelar nuestro último encuentro. “Estuvimos grabando unos EPKs [Electronic Press Kit] para unos músicos. Estaba ahí como productora de campo,” me cuenta.
            Con cuidado, Jimena Hospina nos prepara un espacio en el que nos podamos sentar a conversar. Me ofrece algo de tomar y se sirve un café. Luego se sienta al frente mío.

Cuando hablamos por teléfono el domingo me dijiste que estabas en un rodaje tranquilo. ¿Cómo es un rodaje tranquilo?
Bueno, pensé que iba a ser tranquilo… Un EPK es como la presentación de un grupo. En este caso [el grupo de ska] Vieja Skina. Normalmente tiene tres partes: entrevista, tracks de sonido y una presentación en vivo... A ver, un rodaje tranqui para mí es cuando no intervienen muchos elementos artísticos ni de equipo humano. [Para este trabajo] más que nada éramos el director de fotografía con el asistente de cámara, el encargado de las luces, el sonidista y yo. No hizo falta más personas. Las exigencias en este tipo de trabajo son diferentes. Para mí eso es un rodaje tranquilo. Donde intervienen pocas personas.

¿Y normalmente los rodajes suelen ser tranquilos?
[Risas] No, en verdad no. Especialmente cuando asumes el cargo de producción general. Tienes que estar detrás de mil personas.

¿Y en qué consiste ese cargo?
Aunque no lo creas es una pregunta un poco difícil porque de hecho son varias cosas. Básicamente creo que la producción es la parte administrativa de hacer una película. Cuando eres productora general significa que estás desde que se creó el guión. Tienes que conectar con la idea. Luego es muy importante que seas organizado y que establezcas un plan de trabajo. Dentro de esta planificación se tiene que definir claramente dónde se va a grabar, cómo se va a grabar, quiénes van a intervenir en esta grabación. Tener definido tu presupuesto. Establecer cronogramas. Tienes que ver que todo esté yendo bien, que todo salga como estaba planteado.

Puede sonar hasta algo tedioso, ¿no?
¡Sí! Pero depende de cómo lo manejes. Que sea la parte administrativa no significa que no esté presente la creatividad y la capacidad de expresar tus opiniones o lo que fuera. La creatividad también implica de qué forma resuelves los problemas eficazmente. El productor tiene que ser muy creativo en ese aspecto: lograr tener soluciones rápidas y acertadas y aportar al proyecto lo que se necesita aportar. [Un productor] tiene que ser preciso.

A veces a las productoras se les llama la “Mamá del Rodaje”. ¿Qué tan bien describe este apodo su trabajo?
[Risas] Claro, dicen eso porque eres la persona a la cual todos vienen a buscar en caso necesiten algo, en caso surja un problema. Tienes que guiar mucho al equipo. El director ya tiene suficiente trabajo asegurándose que todos estén haciendo su trabajo en el lado artístico del rodaje. Pero cuando interviene un equipo tan grande siempre van a haber interrogativas y es a la productora a donde van a hacer consultas. Ella tiene que preocuparse por que el ambiente esté tranquilo, que todos estén contentos. Eso también influye en el resultado final de la película.

¿Has estado alguna vez en un rodaje tenso o dejado que el ambiente se torne tenso en alguno de tus rodajes?
Siempre existen momentos en los que se nos escapan las cosas. Sobre todo cuando inicié— de hecho se me escapaban varias cosas, que felizmente he podido ir solucionando con el tiempo. Una de las cosas más difíciles con las que me he encontrado fue, por ejemplo, en el videoclip [“Mantra”] de Pamela Rodríguez. Habíamos contratado a un entrenador de perros, que tenía que hacer actuar a un perro para unas escenas. Bueno, el tipo simplemente desapareció una semana antes [del rodaje]. Aparecía y desaparecía pero -como ya habíamos firmado un acuerdo, le habíamos dado un adelanto, había ido a los ensayos- no pensé que iba a fallar. Íbamos a grabar con él en la mañana pero nunca llegó. Entonces esos son los momentos tensos en los que tienes que encontrar una solución rápida a problemas que muchas veces no tienen soluciones rápidas— no es como que pueda llamar ahorita y conseguirme un perro entrenado que haga exactamente lo que yo quiero que haga. Tuvimos que estar todo el día esforzándonos un montón para finalmente conseguir un reemplazo.

¿Ese mismo día?
Sí pero ya en la noche. Tampoco puedo hacer magia. [Risas]

Además del video de Pamela Rodríguez, hay otro que también produjiste que ha estado recibiendo difusión en los medios: “Puedo Estar Sin Ti” de Alejandro & Maria Laura. Ambos videoclips son muy distintos. ¿Cómo manejas las exigencias y diferencias entre cada proyecto?
Bueno, yo creo que las diferencias existen dentro de cada uno. Suena sonso pero en el videoclip de Pamela Rodríguez intervenían… personas. Estas personas debían ensayar, aprender una coreografía. El equipo de producción debía saber qué pasaba en cada plano y ocuparse de su área de trabajo. En el de Alejandro & Maria Laura era algo más fácil porque éramos poquitas personas. Los personajes eran títeres, controlados por solo un artista. No podría decirte que preferí uno que el otro pero sí que cada uno es complicado a su manera. Con el de los títeres tuvimos que crear toda una escenografía a escala, tuvimos que diseñar los muñecos para que se parezcan a Alejandro y Maria Laura. Eso es tiempo. Todo proyecto tiene su dificultad.

Estos dos videoclips los trabajaste con Brian Jacobs como director. ¿Tienes un equipo fijo con el que sueles trabajar?
Bueno, yo produzco los proyectos que dirige Brian. Y sí, tratamos de trabajar con las mismas personas siempre. De hecho es difícil coincidir horarios siempre pero sí intentamos usar siempre un equipo con el que ya nos sentimos cómodos y que conseguirán el resultado que esperamos.

De hecho debe surgir una familiaridad entre el equipo, ¿o no? ¿Cómo es la dinámica de un equipo en los rodajes?
De hecho sí surge una camaradería porque los rodajes son siempre intensos y bastante largos. Estás encerrado con el mismo grupo de personas durante catorce, dieciséis horas—  a veces veinte horas, nunca se sabe. Entonces sí es importante que nos llevemos bien, que podamos estar a gusto juntos y que nos conozcamos para poder… soportarnos durante tantas horas. Como en cualquier trabajo, es importante mantener la buena onda para tener un ambiente laboral agradable y productivo.

¿Es verdad que en el set se te conoce como “El Ogro” Hospina?
[Risas] En realidad me han dicho que hay productoras que son mucho más malhumoradas que yo. De hecho no es que sea malhumorada pero sí sé que tengo que ser seria en ciertos momentos, porque de hecho la productora representa una autoridad en el rodaje. Como tu dijiste, la productora es vista como la mamá: ya, pues, una mamá siempre tiene que imponer ciertas reglas. Tienes que exigirle a la gente para que pueda dar su cien por ciento. De hecho yo creo que el éxito de las producciones está en cuidar mucho los detalles. Tienes que mantener a todas las áreas de producción con un estándar alto, no puedes descuidar nada.

De hecho sus producciones tienen una calidad bastante alta. Esto es admirable porque son proyectos más o menos independientes, que no van de la mano con grandes casas de producción. Son proyectos que tú o Brian han desarrollado desde cero. ¿Qué tan complicado es su proceso?
Tenemos nuestras limitaciones en presupuesto pero nuestro objetivo es ser esas personas que pueden hacer cosas muy pajas y de calidad muy buena sin tener tantos recursos. Es posible llegar a eso. Todo depende de cómo te organices, de asegurarse de que las cosas funcionen bien. Hemos tenido la suerte de estar involucrados en proyectos en donde los artistas han confiado en nosotros, en nuestro criterio. Nos han dado la libertad de poder hacer las cosas como nos las imaginamos. A veces es complicado manejar los presupuestos pero al fin y al cabo lo hemos logrado bien. También es que la gente se presta mucho: hablas con el director de fotografía, le explicas un poco tu idea, él entiende que vamos a hacer un buen trabajo y ya, se llega a un acuerdo. De hecho nosotros y todos los del equipo hacemos estos proyectos porque nos gusta hacerlos. Nos preocupamos por que salgan adelante. ¡Somos jóvenes y tenemos muchas ganas de mostrar nuestro trabajo!