Bruno Espejo: Una Noche en La Comarca
El actor nos cuenta acerca de su carrera, las desventajas de trabajar en televisión y de cómo Fausto es un jaguar.
Los vecinos le llaman La Comarca. El parque
está rodeado de pequeños edificios que juntos parecen formar una muralla
enorme, una pesada barrera de concreto protegiéndonos del resto de la ciudad.
Hay exactamente cinco bancas en todo el parque. Bruno Espejo me asegura que la
banca en la que estamos sentados es mágica. Le pregunto porqué. “Ya vas a ver”,
me dice.
Hemos
estado aquí desde las diez. Ya es casi media noche. Digamos que estamos fumando
un cigarro: un cigarro mal armado que amenaza con desmoronarse después de cada
pitada, un cigarro que nos hace toser después de inhalar y escupir saliva
gruesa y transparente cada cierto tiempo. Bruno Espejo me habla. Tiene los ojos
rojos.
“De
hecho me han llamado para algunas cosas pero no me interesa, no me gusta.
Tampoco es que odie los comerciales pero…” Bruno se queda mirando a la nada por
unos segundos. Está tratando de ordenar sus pensamientos. “No sé. Vivo con mis
viejos. No tengo que pagar la comida… ni luz ni el internet ni nada. ¿Me
entiendes? Si no necesito trabajar en publicidad entonces ¿para qué lo voy a
hacer si no me gusta?”
Conocí
a los padres de Bruno Espejo unas horas antes de venir a La Comarca con él.
Ambos trabajan. La madre (quien insiste en que la llame Mari o Maricarmen en
vez de tía o señora) me habla acerca de su familia. Me dice que su padrino fue
amigo de Blanca Varela y Fernando de Szyszlo: “Tenía toda esta onda media
bohemia, pues. Se pasaba el tiempo hablándonos de libros y películas. Me
llevaba a exposiciones de arte. Yo le tenía mucho cariño”. Mientras que habla
coge una pequeña foto de la media docena de retratos aglomerados en
el pequeño mostrador de la sala. En ella aparece una mujer joven acompañada de
un señor de largo pelo blanco, una sonrisa que deja ver dientes enormes y amarillos.
Tienen vasos de trago en la mano. “Ahí estamos los dos. ¿Me reconociste…? Bruno
es Bruno por él, por el tío Bruno.”
Hace
frío en La Comarca. Bruno Espejo me pregunta si es que quiero que saque una
casaca de su departamento. Le digo que mejor no, que quiero seguir conversando.
Me está hablando del tío Bruno. “Es el original”, me cuenta sonriendo. “Mi mamá
dice que me pusieron su nombre porque querían que sea un intelectual. No sé qué
tipo de intelectual. Un intelectual nomás, así dice mi mamá. Yo nunca lo
conocí. Creo que escribía poesía entonces fácil habré heredado eso de él.”
Unos
minutos más tarde le pido que me lea uno de sus poemas. Sé que siempre lleva el
poemario con el que compitió en los Juegos Florales de su ex universidad (la ex
Pontificia Universidad Católica del Perú) dentro de su mochila. Primero me dice
que le da vergüenza pero no me toma mucho tiempo convencerlo. Creo que
secretamente le encanta que esté interesado en lo que escribe. ¿Porqué más llevaría ese poemario a todas partes?
El
poema es acerca de una chica. Una chica que no le hace caso. Una chica de la
que se ha enamorado. Una chica que no sabe que existe.
“Es
que no es justo tampoco”, me había dicho cuando recién comenzaba la noche (el
cigarro aún no había sido prendido). “Tengo una desventaja. No es que me muera
de ganas de hacer tele pero— O sea, ¿a quienes llaman? A los galancitos, pues…
Yo los he visto. Todos son altos, chapados. Tienen ojos verdes.” Bruno Espejo
tiene los ojos negros. Me explica que, tanto como en la actuación como en el
amor, existe algo que se llama la Ley de Selección Natural de Darwin: el
espécimen más débil siempre va a perder. Él se considera un espécimen débil:
“No cumplo con lo que la sociedad les ha inculcado desde chibolos, que es un
patrón de belleza bien pendejo. Bien pendejo.”
Pero
tienes talento, le digo. Estás de protagonista en Fausto. Tienes talento.
“Gracias.
Pero el talento no te da mujeres. Ni trabajo en la televisión.” Le pregunto si
es que le gusta la televisión nacional, si es que en realidad quiere salir en
programas como Al Fondo Hay Sitio.
“No. Y las veces que he chambeado ahí no ha sido tan bueno. Es mucho más
mercenario. Mucho menos personal. En la serie en la que estaba [Mi Amor el Wachimán] era todo al toque,
todo el mundo se quería ir rápido. Como la publicidad, pues… Pero en la tele te
haces conocido, te llaman para más cosas. Y da reconocimiento, también, ¿no?
Aunque de otro tipo. O sea, mi viejo ve esos programas.”
Su
padre es un hombre alto, vestido en terno. Tiene un grueso bigote negro (Bruno
Espejo es completamente lampiño). Acaba de llegar de trabajar cuando lo
entrevisto. Bruno estudiaba sociología en la Católica: “No me gustaba porque la
gente de ahí son medios radicalones. No sé si todos pero sí varios. Según lo
que Bruno me cuenta”, me dice. Su voz es bastante grave. “Creo que por eso
también dejó la universidad. Yo quería que se cambie de carrera nomás, le dije
que se metiera a otra facultad. Para terminar nomás, ¿no? Pero no quiso. Y si
no quiere, ¿qué voy a hacer yo? Ya depende de él, de su talento.”
Bruno
Espejo se ha levantado de la banca. Hemos estado hablando de Nicolas Cage. Le
cuento que en una de sus películas (Enemigo
Interno de Werner Herzog) Cage basó la forma de caminar de su personaje en
los movimientos de un reptil, de un lagarto. Le pregunto si es que alguna vez
ha hecho algo así. Se entusiasma: “Fausto joven es un jaguar. Cuando lo
interpreto viejo es algo más…” Bruno piensa por un segundo. Luego se encorva,
arrastra los pies. “Más derrotado, ¿me entiendes? Pero cuando se vuelve joven
es… O sea, es un jaguar. Así lo trabajamos.”
Le
pido que me enseñe cómo lo trabajaron.
“Ya.
Primero tienes que pensar en el animal, ver cómo camina, cómo se maneja el
animal. Entonces fácil Luciana [la directora] nos ponía así, a caminar como un
jaguar”, me explica e inmediatamente se agacha y empieza a caminar en cuatro patas
por la sucia vereda del parque. Lo observo fascinado. “¿Y cómo es el jaguar?
Camina erguido, pesado. Tienen autoridad sus movimientos, ¿no es cierto?” El
rostro de Bruno mira de frente. Su trasero está levantado hacia el cielo. Sus
brazos están levemente flexionados. Las palmas de sus manos están planchadas en
el húmedo cemento de La Comarca. Se desplaza con elegancia un metro hacia
delante. Luego se voltea. “Esa esencia del animal la tienes que transmitir al
personaje. Entonces con Fausto puede que sea algo así, ¿no? Algo como que…”
Bruno se impulsa hacia arriba con sus manos. Simplemente camina— cada paso que
da resuena a través del parque, su espalda está completamente erguida, se siente
un peso en sus hombros. “Algo así, ¿no?”
Son
la una de la mañana. Bruno Espejo saca su celular. Me hace acordar que la banca
en la que estamos sentada es mágica. De nuevo le pregunto porqué. “Porque tiene
internet gratis”, me dice. Quiere enseñarme un video. Es el tráiler de la
película El Espejo de Tarkovsky. Lo
vemos sin decir nada durante varios minutos. Todavía sentimos el efecto del
cigarro. Bruno se queja de que en el Perú nadie hace cine así. Me dice que le
gustaría solamente trabajar haciendo las películas que le gustan, las obras de
teatro que le parecen interesantes. Habla bajito, como si estuviera muy
cansado: “Pero es imposible, pues. Tengo mi floro de que no hago publicidad
pero al final es lo mismo con las series o cualquier obra monse que me he
metido. Igual son cosas que hago por necesidad, igual me vendo. Así es con toda
la gente que quiere ser artista o lo que fuera. Sueñas que va a ser una cosa
pero termina siendo otra. Pero qué bonito es soñar, pues.”
Ya
son las tres de la mañana. No nos damos cuenta de la hora. Y así nos quedamos— viendo
videos por internet y hablando de lo que soñamos hacer con nuestras vidas.
[Fotos: La Comarca, cortesía de Bruno Espejo. Segunda, cortesía de Compañía La Zíngara]
[Fotos: La Comarca, cortesía de Bruno Espejo. Segunda, cortesía de Compañía La Zíngara]


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